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La ansiedad no se elimina. Se aprende a relacionarse con ella.

Actualizado: 22 mar

Por Clemencia Montero

Durante estas últimas semanas hemos desmontado varias ideas muy instaladas sobre la ansiedad.

Primero vimos que muchas personas no son “ansiosas”, sino que simplemente interpretan mal lo que ocurre en su sistema nervioso. Después exploramos la ansiedad como señal fisiológica y no como enemigo. Y la semana pasada dimos un paso más: el problema no suele ser sentir ansiedad, sino entrar en una lucha constante contra ella.

Y aquí es donde el enfoque contextual propone algo profundamente diferente.

En muchas aproximaciones psicológicas, el objetivo es reducir los síntomas. Entender su origen, analizarlos, desactivar los mecanismos que los producen.

El contextualismo —y en particular la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT)— cambia ligeramente la pregunta.

No se queda atrapado en “¿por qué te pasa esto?”sino que observa qué función está cumpliendo la ansiedad en tu vida en este momento.

Esto cambia completamente el terreno de juego.

Porque cuando miramos la ansiedad solo como un problema que hay que eliminar, todo el esfuerzo se dirige a controlarla. Y muchas personas llevan años intentando exactamente eso: controlar lo que sienten, controlar lo que piensan, controlar lo que ocurre dentro de su mente.

El resultado suele ser agotador.

Hace un tiempo llegó a consulta una paciente —la llamaré L— con un objetivo muy claro.

“Quiero dejar de sentir ansiedad.”

Era un objetivo completamente comprensible. Nadie disfruta esa sensación de tensión interna constante, de alerta, de anticipación.

Pero en un momento de la conversación apareció una metáfora que utilizamos mucho en ACT.

Le dije algo así:

Imagina que caes en un hoyo y lo único que tienes para salir es una pala. Empiezas a cavar con todas tus fuerzas esperando que, en algún momento, aparezca una salida. Pero cuanto más cavas, más profundo se vuelve el hoyo.

La pregunta importante no es si la pala es buena o mala.

La pregunta es: ¿te está ayudando a salir?

Muchas veces la lucha constante contra la ansiedad funciona exactamente así.

Intentamos empujar los pensamientos fuera de la cabeza. Evitar situaciones que nos activan. Controlar cada reacción del cuerpo. Analizar una y otra vez lo que sentimos.

Y sin darnos cuenta, seguimos cavando.

Aquí es donde aparece uno de los conceptos centrales del enfoque contextual: la flexibilidad psicológica.

La flexibilidad psicológica es la capacidad de seguir actuando en dirección a lo que importa para ti, incluso cuando aparecen pensamientos difíciles, emociones incómodas o sensaciones corporales intensas.

No significa que la ansiedad desaparezca.

Significa que deja de dirigir tu vida.

Para desarrollar esa flexibilidad, trabajamos varios procesos que forman parte del modelo de ACT.

Uno de ellos es la defusión cognitiva.

Nuestro cerebro produce pensamientos de manera constante. El problema no es que aparezcan pensamientos ansiosos, catastróficos o anticipatorios. El problema es cuando quedamos completamente fusionados con ellos, como si cada pensamiento fuera una verdad absoluta.

La defusión consiste en crear un pequeño espacio entre lo que piensas y lo que haces.

Poder notar un pensamiento del tipo “esto va a salir mal” sin que automáticamente determine tu comportamiento.

No eliminamos el pensamiento.

Pero dejamos de obedecerlo ciegamente.

Otro elemento importante es cambiar la relación con la emoción.

En lugar de preguntarnos cómo hacer desaparecer la ansiedad, comenzamos a preguntarnos si es posible hacer espacio para ella sin que paralice nuestra vida.

Y ese cambio abre una puerta muy importante.

Porque cuando dejamos de dedicar toda nuestra energía a luchar contra lo que sentimos, aparece una nueva pregunta:

¿Qué es lo que realmente cuenta para ti?

En ACT trabajamos mucho con los valores. No como metas abstractas, sino como direcciones vitales.

Las personas que viven atrapadas en la ansiedad suelen reducir progresivamente su mundo. Evitan situaciones, conversaciones, decisiones o proyectos por miedo a lo que podrían sentir.

Pero cuando reconectamos con lo que de verdad importa —las relaciones, el aprendizaje, la contribución, la creatividad, la presencia— algo cambia.

La ansiedad puede seguir apareciendo.

Pero ya no ocupa todo el espacio.

Y ahí es donde el trabajo terapéutico se vuelve profundamente práctico: aprender a moverse en dirección a una vida con sentido, incluso cuando la ansiedad aparece en el camino.

No porque nos guste sentirla.

Sino porque nuestra vida es más grande que ella.

Si algo de esta serie sobre la ansiedad resonó contigo, te invito a compartir esta newsletter con alguien que también pueda necesitar leerla.

Y si te reconociste en alguna de estas líneas, puedes dejar un comentario o responder a este correo. A veces una conversación honesta es el primer paso para empezar a salir del hoyo… y dejar la pala en el suelo.

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