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El problema no es sentir ansiedad, es luchar contra ella

Actualizado: 22 mar


Por Clemencia Montero

Es domingo por la noche. Has pasado el fin de semana en familia. En teoría, deberías sentirte relajada. Pero algo cambia. Empiezas a pensar en el lunes. Abres el correo “solo para anticipar”. Aparece un mensaje que no esperabas. Y en cuestión de minutos tu cuerpo ya no está en domingo. Tu mente se fue a mañana. No hay incendio real, pero tu sistema se activa como si lo hubiera.


Durante mucho tiempo creí que el problema era esa activación. La ansiedad. La sensación de que algo no estaba bien, de que algo podía salirse de control. Y entonces hice lo que hacemos muchas personas responsables, productivas, comprometidas: intenté eliminarla.

Trabajaba más para no sentir. Me refugiaba en mi hora diaria de entrenamiento para “liberar estrés” y luego volvía al modo non stop. No me permitía bajar la cadencia. Si me detenía, la ansiedad aparecía. Así que decidí no detenerme. Me decía que si lo gestionaba mejor, desaparecería. Que si me organizaba mejor, desaparecería. Que si pensaba diferente, desaparecería.


Spoiler alert: No desaparecía.


Cuanto más intentaba controlarla, más energía gastaba sosteniendo hacia afuera la imagen de que todo iba bien. Internamente, cada vez me sentía más frágil. La lucha era constante. Vigilancia mental permanente. Anticipación infinita. Hipercontrol. La sensación corporal de que algo malo iba a pasar, aunque no supiera exactamente qué.


Lo que me agotaba no era solo la ansiedad. Era la guerra contra ella.

En medio del burnout tuve una crisis de ansiedad que sentí como si viniera de la nada. Taquicardia intensa. Frío. Visión borrosa. No lograba articular palabra. La sensación literal de que me iba a morir. Aquel día entendí algo incómodo: no era la primera vez que mi cuerpo se activaba así. Era la primera vez que ya no tenía energía para seguir luchando contra ello.


Desde el enfoque contextual —y particularmente desde ACT— hay un concepto central que explica esto con precisión: la evitación experiencial. Cuando intentamos no sentir algo, ese algo se vuelve más relevante para el sistema nervioso.

La investigación en supresión emocional lo muestra con claridad: cuanto más intentamos no pensar en algo, más lo pensamos. No porque estemos fallando, sino porque el cerebro necesita monitorear constantemente si lo estamos logrando. Y ese monitoreo mantiene activa la amenaza.


Donde pones el foco, se expande. No como frase motivacional, sino como principio atencional y neuropsicológico. Si tu foco está en “no sentir ansiedad”, tu sistema aprende que la ansiedad es peligrosa. Y la amplifica.

La amígdala detecta activación. La corteza intenta controlarla. El eje hipotálamo–hipófisis–adrenal sostiene la respuesta fisiológica. Si interpretas esa activación como algo que debe desaparecer de inmediato, el cuerpo entiende que hay peligro real. Y responde en consecuencia.


La ansiedad no era el enemigo. El problema era lo que hacía para no sentirla.

Regulación no es control. Control es intentar que desaparezca. Regulación es permitir que esté sin que dirija tus decisiones. Es aprender a convivir con esa activación sin convertirla en el centro de todo.


La ansiedad es incómoda. Pero no necesariamente es dañina. Lo que sí agota profundamente es la lucha constante por erradicar cualquier rastro de activación interna.

Tal vez no necesitas eliminar la ansiedad para avanzar. Tal vez necesitas cambiar tu relación con ella. La activación puede estar presente y aun así puedes actuar con dirección. Puedes decidir con ella sentada a tu lado.


Esta semana, más que preguntarte cuánto sientes, te invito a observar cuánto estás luchando.

 

Cuánta energía estás invirtiendo en no sentir lo que sientes. A veces el cambio no empieza eliminando la ansiedad. Empieza dejando de pelear con ella.

La próxima semana hablaremos de qué ocurre cuando intentamos regular sin comprender la función de nuestras emociones y cómo eso puede mantener el ciclo del desgaste.

Por ahora, basta con esta pregunta silenciosa:¿estás agotada por la ansiedad… o por la guerra contra ella?


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